Pronunciamientos

La S.S.H. no asume ninguna posición partidaria ni ideológica dentro del amplio espectro de la democracia. Sin embargo, nos afirmamos como demócratas y rechazamos toda ideología extremista, absolutista o totalitaria. Entre las ideologías que rechazamos de plano están: el fascismo, el fundamentalismo religioso y la teocracia, el comunismo totalitario, cualquier ideología racista, de corte racial o que implique superioridad de una etnia, y cualquier ideología que pretenda imponerse o perpetuarse mediante la violencia.

Creemos también que la democracia es el gobierno del pueblo y para el pueblo, y no el gobierno para la mayoría. Una verdadera democracia es donde las minorías gozan de la misma voz y derechos ante la ley, y donde éstas son protegidas de la denominada ‘tiranía de la mayoría’. Los derechos de las minorías no deben ser vulnerados por presión, voto u opinión mayoritaria, ni tampoco por arranques populistas del gobierno. Rechazamos también el abuso de comunidades minoritarias vulnerables en todo el territorio peruano para poder favorecer a las mayorías. 

Creemos en un Estado que no interviene en las vidas personales de los ciudadanos y donde se permite a los individuos vivir sus vidas como mejor les parezca, mientras no vulneren los derechos de los demás. Rechazamos la idea de un Estado paternalista donde el gobierno legisla de acuerdo a una forma de vida o ‘sociedad ideal’, pues esto se acerca peligrosamente al fascismo. El Estado tampoco debe limitarse ni sesgarse a sólo una interpretación religiosa de la moral, ni pretender prohibir todo lo que una u otra tradición religiosa considera inmoral. Toda legislación debe tener un respaldo en la evidencia científica, el razonamiento lógico y la experiencia humana; no debe ser respaldado únicamente por argumentos religiosos. Este es uno de los principios fundamentales de un Estado secular.

Consideramos que el ser humano, por ser un animal social, posee de manera innata un compás moral o ético para poder vivir en sociedad (su hábitat natural). La evolución de las especies ha dotado al ser humano, así como a otros animales sociales, de un sentido moral para poder sobrevivir. No necesitamos que seres sobrenaturales nos dicten qué está bien o mal, sino que nosotros mismos lo podemos determinar. Existen ciertos conceptos que universalmente consideramos ‘mal’ y otros ‘bien’ (para eso sirve la conciencia), y también otros que caen en un área gris abierta a discusión. Los seres humanos somos capaces de discernir dentro de esta área gris en base a la razón, la evidencia, la lógica y la experiencia humana, y conforme pasan los siglos aprendemos más y mejoramos nuestros valores. Se ha estudiado que el ser humano conforme evoluciona y aprende, se vuelve más inteligente y menos violento. Cabe mencionar sin embargo, que existen algunas personas que por alguna razón no poseen esta noción innata de la moral; a éstos los llamamos psicópatas y por lo general requieren de tratamiento.

La ética humanista proviene de la discusión crítica en torno a los mejores valores que una sociedad puede adoptar para maximizar el bienestar de sus individuos. Consideramos que dichos valores e ideas no provienen de dioses o textos arcaicos, sino del diálogo racional entre los seres humanos que dictan sus propias normas en aras del mejoramiento de la sociedad. Para enriquecer dicha discusión, tenemos abundante literatura secular que se remonta a los orígenes de la civilización, como los escritos de Aristóteles o Confucio, quienes plantean una ética puramente humana para el bienestar en la Tierra sin intervención alguna de mandatos divinos, amenazas infernales o promesas de inmortalidad. Además, gracias a la evidencia acumulada desde los orígenes de la psicología y las neurociencias, contamos con nociones básicas sobre qué tipo de valores morales fomentar o evitar para el buen desarrollo mental.

Si bien es cierto que las teorías éticas se remontan al menos a los orígenes de la escritura, el sentido moral es mucho más antiguo. A lo largo de la historia, todas las especies sociales han desarrollado algún sentido moral. Gracias a la capacidad de diferenciar entre lo bueno y lo malo, y de seguir ciertas normas sociales, nuestros ancestros tuvieron una ventaja evolutiva sobre otras especies que no cooperaban tan eficientemente. Aunque tradicionalmente se conciba a la ética como una doctrina filosófica que estudia los principios morales, ahora se sabe que la moral es anterior a la filosofía, a las religiones e inclusive a la aparición del Homo Sapiens hace unos 200,000 años. La evidencia sugiere que el sentido moral ha evolucionado en varios animales, en especial los mamíferos, y en todos los homínidos anteriores al Homo Sapiens desde el Australopitecus. Por ello, el sostener que la moral es únicamente humana o producto de alguna religión demuestra cierto desconocimiento sobre los procesos de adaptación de las especies sociales a lo largo de millones de años de evolución.

Existen quienes mantienen que el sentido moral no es humano, sino que deriva de algún ente sobrenatural. Bajo esta óptica, el ser humano se moraliza gracias a los mandatos de alguna divinidad, sin cuya influencia las sociedades caerían en la degeneración absoluta. No vamos a hacer un recuento de los mitos que fundamentan las creencias de distintas culturas, sólo mencionar que son muy parecidos entre sí: antes de la llegada de algún profeta (que en muchos casos acaba siendo deificado) determinado pueblo vivía en la inmoralidad. Un simple ejercicio mental deja en evidencia lo absurdo de aquellos mitos: imaginemos dos islas, una con individuos buenos y otra con malos. ¿Quiénes tienen mayores oportunidades de sobrevivir? Es probable que los buenos sean más capaces de cooperar entre sí, respetar las reglas y así incrementar sus probabilidades de sobrevivir; con los malos sucederá lo contrario.

Aunque existan algunas excepciones, en términos generales los seres humanos han ido paulatinamente aumentando sus posibilidades de supervivencia en la medida que afinan sus técnicas para cooperar entre sí. Antes de los ’10 mandamientos’ ya existían decenas de civilizaciones como Egipto, Sumeria o Caral, que jamás habrían podido progresar si hubieran creído que está bien matar, robar y tomar a la mujer del prójimo. Los Incas tenían un sentido moral muy arraigado en el Ama Sua, Ama Qella, Ama Llulla, y jamás tuvieron contacto con la revelación cristiana hasta la conquista.

Así, en la historia de los hombres ha habido altibajos morales, pero algunos pueblos han aventajado a otros. A pesar de algunos retrocesos, tendemos a perfeccionar las normas morales, las cuales se basan en el sentido moral que compartimos con los animales sociales, pero se vuelven explícitas gracias al lenguaje. Llegados a este punto, queda claro que ninguna religión tiene el monopolio de la moral, aunque la mayoría tenga aspiraciones universalistas. Existen muchas religiones, cada una con preceptos distintos sobre lo moralmente aceptable y los orígenes del hombre que suelen contradecirse entre sí. Por ello los eticólogos clasifican todo intento de moralidad asociado a alguna religión como una variante de la Teoría del Mandato Divino. Dicha teoría deriva sus preceptos morales de escrituras sagradas o mitos ancestrales. Esta visión concibe al hombre como incapaz de moralizarse sin la ayuda divina, lo cual se traduce en mandatos de sacerdotes y profetas que afirman estar en comunicación con los dioses y por lo tanto los justifican apelando a la autoridad y a la tradición.

La moral que promovemos no es relativista sino universalista, es decir, se aplica a todo ser humano al margen de su cultura. La adopción de una ética universal, como el humanismo secular, el utilitarismo o la deontología, hace posible que religiosos, deístas, agnósticos y ateos puedan dialogar sobre cuestiones humanas. Los problemas de la humanidad los resolvemos entre nosotros, los seres humanos, con nuestras capacidades innatas, nuestro razonamiento, experiencia y aprendizaje. No creemos tener a un ser sobrenatural que nos dicta qué hacer, cómo vivir, qué comer o con quién relacionarnos, que castiga el crimen de pensamiento y nos obliga a amarlo so-pena de arder en las candelas del infierno por toda la eternidad. Creemos además que no lo necesitamos.

Pensamos que la religión es un esfuerzo del ser humano ancestral por codificar aquella moral que por naturaleza tiene y ha desarrollado por sí mismo. Es decir, la religión proviene de la moral innata del ser humano como animal social, no al revés. Esta forma de codificar la moral fue combinada con aspectos místicos y sobrenaturales durante la infancia de la humanidad, cuando éramos ignorantes del funcionamiento del universo (ahora lo entendemos más, aunque aún nos falta mucho). Al no comprender a la naturaleza, atribuíamos sus fenómenos a seres superpoderosos que tenían dominio sobre nosotros, un concepto muy conveniente para poner a una autoridad todopoderosa a la cabeza de dichos códigos morales.

La religión es una manera simplista de responder a aquellas preguntas trascendentales que los seres humanos ansiamos conocer, y que muchas veces la ciencia o la filosofía aún no han podido resolver. La religión le da a la persona una falsa certeza sobre temas que nadie conoce, como qué hay después de la muerte, de dónde proviene el universo, o cómo surgió la vida. Los humanistas seculares toleramos la incertidumbre. Pensamos que la ciencia tiene el potencial para algún día resolver la mayoría de estas y otras preguntas trascendentales, y que la religión no tiene más información al respecto como para tomarla como autoridad. No creemos en la revelación divina.

Estamos en contra de la glorificación de la fe como una virtud, pues creemos que es contraproducente para el desarrollo humano. Fe implica creer en algo sin evidencia, sólo por autoridad o tradición. Esto significa que los seres humanos nos ponemos a disposición de aquellos que controlan las esferas de poder de la fe (sacerdotes, imanes, pastores, reverendos, gurús, rabinos, monjes, profetas, etc.), y tenemos el potencial de ser fácilmente manipulados por ellos.

No es por nada que tantos conflictos y tragedias humanas han tenido su origen en la religión. Para dar algunos ejemplos sólo del último siglo: Irlanda, Bosnia, Líbano, el Holocausto, Croacia y Serbia, Nigeria, Irak, Sri Lanka, India, Uganda, Afganistán, Israel y Palestina, Bahrein, Pakistán, Daguestán, Filipinas, Sudán, la República Centroafricana, Mali, Chechenia, Armenia y Azerbaiyán, Armenia y Turquía, Chipre, Sumatra, Cachemira, Costa de Marfil, Xinjiang, Somalia, Argelia, etc.  Aquellos que piensen que las razones fueron políticas, recuerden que los políticos explotan precisamente los odios religiosos muy fácilmente para volcar a un sector de la población contra el otro, o al pueblo contra la nación vecina.

Las religiones son en extremo tribalistas y dividen al ser humano, pues todas son mutuamente excluyentes, se consideran falsas unas a otras (incluso entre sectas de una misma), e incentivan el concepto de ‘nosotros contra ellos’, que ha hecho tanto daño a la humanidad por milenios. Varias de ellas proclaman la superioridad del grupo frente a otros y se basan en el nocivo concepto de los ‘pueblos elegidos’.

La religión también ha sido una gran inspiración para el ser humano, y por eso creemos que tiene un lugar en la historia. El humanismo secular coincide con muchas religiones en varios aspectos relacionados con la ética, por ende existe territorio común que hace posible una coexistencia en armonía. Sin embargo, la Sociedad Secular y Humanista del Perú no puede estar de acuerdo con ideologías que afirman hechos extraordinarios sin evidencia, dan respuestas sobre cómo funciona el universo sin respaldo, instruyen a las personas mediante la coerción o el miedo al castigo divino, buscan imponer sus creencias en la ley y dividen a las personas en grupos irreconciliables.

Consideramos por lo tanto que la religión, a pesar de haber cumplido un papel en la historia, no es necesaria para llevar una vida moral y vivir en sociedad de forma ética. Tampoco tiene las respuestas que la ciencia no tiene, y contribuye a que las personas sean fácilmente manipulables en detrimento de otros seres humanos.

Finalmente, la SSH cree en la libertad religiosa, en la libertad de expresión y pensamiento, y en que una sociedad ideal es aquella donde cada uno mantiene sus creencias sin imponerlas sobre los demás. Jamás estaremos de acuerdo con sistemas totalitarios donde se combate a la religión con la coerción o la violencia. 

La astrología consiste en una serie de sistemas de creencias que sostienen que existe una relación entre los fenómenos astronómicos y los acontecimientos en el mundo humano. Como sucede con cualquier pseudociencia, la astrología no es tomada en serio por las comunidades académicas o científicas. Algunas pruebas científicas en la astrología se han realizado pero sin encontrar ninguna evidencia para apoyar siquiera alguno de los efectos locales predichos por la tradición astrológica. Además, no existe un mecanismo de acción que explique la supuesta relación causal entre las posiciones de las estrellas y los planetas y como estas afectan a las personas y a los eventos en la Tierra que no contradiga los principios de la biología y la física.   

Se debe recordar que la astrología fue concebida en el siglo II por el filósofo Claudio Ptolomeo quien pensaba que el cielo era un domo que cubría la tierra (a poca distancia), y que las estrellas estaban agrupadas en constelaciones una al lado de la otra. Estas constelaciones representaban figuras (géminis, virgo o capricornio) que junto con los planetas, en gran parte por su ‘cercanía’,supuestamente tenían influencia sobre asuntos insignificantes de nuestra personalidad o futuro. También consideraba que la Tierra y los humanos éramos el punto central y focal de todo el universo.

La astrología ha debido ser descartada una vez que se comprobó que el cielo no es un domo, que por ende las estrellas están a distancias inimaginables, que las constelaciones en realidad no existen como grupo (pues las estrellas de una constelación se encuentran muy lejos unas de otras), que la existencia de personas individuales es irrelevante para estrellas o bolas gigantes de gas, que los humanos no somos el centro del universo, y que además el eje rotacional de la Tierra ha variado en 23 grados desde la época de Ptolomeo, y por lo tanto aquellos cálculos ancestrales están desfasados. 

La SSH considera que luego de la concepción, mientras no exista una persona con un sistema nervioso central que le dé la posibilidad de experimentar dolor o sufrimiento, no existe un impedimento moral para el aborto. El tiempo en que biológicamente puede considerarse como el inicio de la persona humana capaz de tener experiencias debe ser definido por los especialistas (biólogos, médicos, neurólogos, etc.) y no por ideologías, creencias religiosas o tradiciones. La SSH está a favor de la promoción de la información sobre salud y derechos reproductivos con base en evidencia científica. 

En el Perú existe un problema de fragmentación social, prejuicio y discriminación que está siendo olvidado y dejado de lado incluso frente al progreso económico. Este mismo progreso además, en muchos casos agudiza el problema, ya que se incrementan los casos en cuestión. Las personas discriminadas sienten la necesidad de unirse al progreso, pero las inversiones que se crean en el país no tienen las reglas claras en estos temas. En el país también existen minorías discriminadas e incluso con menos derechos ante la ley.

La S.S.H. en consistencia con los valores del humanismo secular, rechaza cualquier tipo de discriminación en la ley, el sector público y el privado por los conceptos de raza y etnicidad, religión y espiritualidad, género, edad, orientación sexual, identidad de género, necesidades especiales, afiliación política, estatus de VIH, profesión, discapacidades físicas y embarazo. Las únicas excepciones a estos casos deben darse por criterios estrictamente técnicos y justificados (por ejemplo, un salvavidas que debe contar con todas sus facultades físicas, un club de madres, o una actriz que interprete a Lucha Reyes). Las áreas susceptibles a discriminación son: el trabajo, el acceso a servicios públicos y privados, a derechos civiles básicos, a instituciones de diversa índole, a establecimientos comerciales, a infraestructura pública y privada, entre otros.   

Creemos también que una verdadera democracia es donde las minorías gozan de la misma voz y derechos ante la ley, y donde éstas son protegidas de la denominada ‘tiranía de la mayoría’. Los derechos de las minorías en todo el territorio no deben ser vulnerados por presión, voto u opinión mayoritaria, ni tampoco por arranques populistas del gobierno. Rechazamos también la incitación pública al odio y a la violencia contra determinados grupos, venga del ámbito público o privado.

Si bien en el Perú la discriminación se asocia principalmente al clasismo, racismo y sexismo, cabe resaltar que existen también otros grupos discriminados para los cuales el progreso en sus derechos civiles y la mayor aceptación de la sociedad es cuestión de urgencia. Un ejemplo es el caso de los discriminados y maltratados por su orientación sexual (real o percibida); todos los años mueren decenas de personas en silencio víctimas de la violencia homofóbica, y con similar frecuencia se suicidan decenas de adolescentes víctimas del maltrato de la sociedad y el abandono y rechazo de sus propias familias. La mayoría de estas cifras históricamente se mantienen como no-reportadas y no se les presta la debida atención.

El hombre es el resultado de un proceso natural y continuo de evolución a través de los mecanismos de la selección natural (teoría de la evolución de Charles Darwin).

En la actualidad, gracias a los avances de la ciencia – principalmente en los campos de arqueología y genética – sabemos que la  especie humana (homo sapiens) desciende de un ancestro común que vivió en África Oriental hace unos 200 mil años. Sin embargo, el ancestro común que compartimos con nuestros parientes vivos más cercanos, los chimpancés, vivió hace unos 5 millones de años. Entre estos dos periodos existieron muchas otras especies emparentadas al humano, algunas de las cuales no descendemos. Algunas de estas especies lograron sobrevivir hasta hace no mucho tiempo, como el Homo neanderthalensis hace unos 45 mil años, o posiblemente el Homo floreriensis hace unos 12 mil años.

De forma similar, el humano comparte un ancestro común con el resto de especies, cada uno de los cuales se encuentra ubicado en algún punto del árbol genealógico de la vida, contando desde su origen en la Tierra. Es aquí donde podemos encontrar, hace unos 4 mil millones de años, uno o varios organismos de los cuales proceden todas las especies y toda la vida del planeta.

Sin embargo, podemos seguir rastreando nuestro origen mucho antes a través de nuestro linaje cósmico. Nuestro cuerpo está compuesto por 10 cuatrillones de átomos, muchos de los cuales fueron formados en reacciones nucleares al interior de estrellas antes de que se formara nuestro Sistema Solar. Sin estas estrellas no hubiese sido posible crear átomos pesados como el carbono, y sin el carbono no podría existir la vida tal como la conocemos.

Los humanos, a través de la ciencia, hemos por fin empezado a entender nuestro origen. Nosotros somos el producto de la evolución de la materia con un linaje que podemos rastrear hace varios miles de millones de años. Cada uno de nosotros es lo que sucede cuando una primitiva mezcla de hidrógeno y helio evoluciona por tanto tiempo que empieza a preguntarse de dónde viene. Nosotros encarnamos los ojos, oídos y pensamientos de la materia del cosmos.

Pero hay algo en el presente que nos hace distintos, algo que nos hace ser humanos.

Muchas especies tienen características únicas. En el caso del humano, la característica que nos diferencia del resto de especies puede identificarse en un único órgano: nuestro cerebro. Nuestra inteligencia, nuestra capacidad de analizar el entorno y de razonar, es el producto más maravilloso logrado por la evolución. Esta increíble característica evolucionó gradualmente, desde hace unos 4 millones de años, hasta el último gran cambio que dio origen a nuestra especie tal como la conocemos hoy, hace unos 200 mil años.

Dado que el humano es uno de los muchos posibles resultados de las fuerzas evolutivas de la naturaleza, los humanistas no consideran al humano como el pináculo de la evolución. La evolución no persigue ningún propósito de largo plazo, pues simplemente es un proceso continuo de adaptación a la naturaleza, acompañado con un incremento en la complejidad de los organismos. Es precisamente por este entendimiento científico de las leyes naturales que dieron forma a nuestra especie, que los humanistas no comparten la visión de un “creador de la vida” o “creador del hombre”, pues consideran que estos conceptos nos dan un entendimiento equivocado de la realidad. 

Nuestra postura hacia este tema es la misma que tiene la psicología y psiquiatría modernas, y para llegar a ella usamos el razonamiento, la experiencia humana y la lógica. La orientación sexual es una expresión natural (y poco común) de la sexualidad humana, lo que la hace innata en la gran mayoría de los casos. La evolución humana, así como la de otras especies, ha originado una necesidad de crear un porcentaje de seres homosexuales o bisexuales, por distintas razones que son producto de un intenso argumento científico.

Por esta razón, creemos que las personas homosexuales y bisexuales, y sus relaciones, deben ser aceptadas y tratadas con el mismo respeto y la misma igualdad con las que se trata a las heterosexuales. El valor de una relación homosexual consentida, así como el valor de sus familias, es tan alto como el de una relación heterosexual consentida. Sostenemos que la orientación sexual no se puede cambiar en la gran mayoría de los casos, y por lo tanto que la idea de la ‘promoción’ de la homosexualidad es una falacia.

De la misma manera condenamos enérgicamente toda pseudo-terapia de reorientación sexual o intento fútil de cambiar la orientación sexual de las personas, en especial de los menores de edad, pues esto lleva a intentos de represión y/o autodestrucción, que tienen consecuencias graves. Estos métodos han sido rechazados tajantemente por la ciencia moderna. Condenamos también los pedidos de represión sexual y celibato para homosexuales en favor de la fe, pues consideramos inmoral y aberrante el exhortar a una persona a vivir una vida entera sin amor de pareja por un tema doctrinario o de simple ideología. Consideramos esto un abuso y un crimen contra la humanidad.  

Estamos de acuerdo con las leyes antidiscriminatorias por orientación sexual (y creemos que se deben ampliar y mejorar), con la aceptación de homosexuales en la policía y fuerzas armadas, y con la libertad de expresión con la que cuentan. Creemos que aún falta legislación para completar la igualdad para personas homosexuales, en particular, la legalización del matrimonio civil para personas del mismo sexo, la posibilidad de adopción conjunta y de fertilización in-vitro para parejas de lesbianas.

Exhortamos al Congreso a que pase cuanto antes una ley mejorada de crímenes de odio que explícitamente incremente las penas si el motivo de la agresión fue únicamente la condición humana de la víctima, entre éstas la orientación sexual. Un crimen de odio es un ataque a toda una comunidad, no sólo a la víctima, pues se busca aterrorizar a los miembros de dicha comunidad. Es prácticamente un acto de terrorismo. También pedimos al Congreso que apruebe la ley de unión civil, de la cual somos corredactores, para que este sector de la población deje de vivir con derechos disminuidos.

Mucho se ha debatido sobre el efecto beneficioso o pernicioso de las religiones para la humanidad. Aunque el balance se inclina hacia lo segundo, lo cierto es que el espectro religioso es demasiado amplio como para generalizarlo en una sola etiqueta. De hecho, es muy posible que cuando hoy en día empleamos la palabra “religión”, nos refiramos específicamente a las religiones organizadas y, más específicamente aún, a alguna variante de las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islamismo).

Probablemente, la mayoría es consciente de esta precisión sobre el término “religión”. Pero lo que suele pasarse por alto es que una religión organizada es una forma de política. De política entendida en un sentido básico: como organización de una colectividad bajo ciertas normas, con determinada estructura y para fines específicos. Por lo tanto, cuando hablamos de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana (ICAR), hacemos referencia puntual a una organización política que se remonta al siglo IV de nuestra era y que actualmente influye sobre más de dos mil millones de personas, adscritas a alguna variante del cristianismo. No es razonable negar que esa influencia es de por sí un acto político, como tampoco lo es afirmar que la ICAR se ocupa sólo de asuntos espirituales (otro término muy vagamente definido) y no tiene injerencia en el mundo material. Sí que la tiene.

La ICAR atraviesa hoy en día su época más problemática. Desprovista del gran poder de hace unos siglos, es ya incapaz de silenciar a sus numerosos críticos. Por si fuera poco, el advenimiento de la Internet, que conlleva la descentralización de la información, hace imposible la labor de censura que tan efectivamente realizaba durante su primer milenio y medio de existencia.

Es así como el libre acceso a la información, unido al pensamiento crítico y la libertad de expresión, conforma un serio problema para las religiones organizadas, y la ICAR es un buen ejemplo de ello. La presión sobre el autoblindaje del derecho canónico culminó en 1983 con la eliminación del permiso especial para la comparecencia de los sacerdotes pederastas ante tribunales civiles, y desde entonces dichos casos se han hecho mucho más visibles, lo cual le ha costado a la ICAR varios miles de millones de dólares en indemnizaciones.  Por su lado, el Banco Central Europeo tiene ya prácticamente acorralado al IOR (Instituto de Obras Religiosas, más conocido como el “Banco Vaticano”) por sus prácticas de lavado de dinero (usualmente proveniente de la mafia y fuentes similares).  Finalmente, diversos periodistas independientes han hecho públicas detalladas investigaciones sobre los nexos del Vaticano con actividades como el tráfico de armas y el de adopciones.  Todas estas prácticas, unidas a su tradicional visión misógina, que desemboca en posturas dañinamente retrógradas en temas de sexualidad y salud reproductiva, hacen entendible por qué muchos consideran que la ICAR es una fuente de atraso para el mundo de hoy.  La SSH, nacida en un país de larga tradición católica, comparte dicha opinión (http://www.youtube.com/watch?v=mD7mtUyi1KI).

No tenemos problema alguno con las personas que han crecido bajo esa fe y que, en la gran mayoría de los casos, obran con la mejor de las voluntades y se mantienen dentro de ese credo por cuestiones eminentemente sociales.  La oposición de la SSH se enfoca hacia la organización política que promueve las tan negativas prácticas antes mencionadas, y que en nuestro país mantiene un tinglado de poder manifestado en privilegios inaceptables dentro de un estado laico, como son las transferencias de fondos públicos determinadas por el propio presupuesto nacional, así como la exoneración de impuestos y el adoctrinamiento practicado abiertamente a través del curso de religión de los colegios. Todo ello bajo el amparo de un concordato firmado entre gallos y medianoche en 1980 por el gobierno dictatorial de Morales Bermúdez a pocos días de abandonar el poder, y perfeccionado en 1995 por el muy poco democrático gobierno de Alberto Fujimori. Un concordato a todas luces ilegal, pues jamás fue refrendado por el parlamento, como se exige con todo tratado firmado entre estados.

La ICAR cuenta con un patrimonio incalculable en todo el planeta. No necesita que todos los peruanos la financiemos en nuestro país a través de nuestros tributos. Por el contrario, debe tributar como muchos lo hacemos. Tampoco tenemos por qué costear sus campañas de adoctrinamiento temprano. Que se mantenga por sus propios medios, como lo hacen las demás religiones que existen en nuestro país. Los privilegios de corte medieval son incompatibles con la sociedad del siglo XXI que aspiramos a construir.

Lo Paranormal o Fenómeno Paranormal es el término utilizado para denominar a todas aquellas experiencias o hechos que por su naturaleza se encuentran fuera del espectro de las experiencias normales explicables por la ciencia. Históricamente y a nivel mundial se han reportado miles de casos y testimonios de los más variados que han llevado a instaurar en gran parte de la población la aceptación de éstos fenómenos como algo real.

El psicólogo y catedrático canadiense James E. Alcock define lo paranormal bajo tres premisas: Aquello que no ha sido explicado bajo los conocimientos de la ciencia actual, lo que podría explicarse mediante una revisión de los principios básicos de la ciencia y aquello que no es compatible con la norma de las percepciones, de las creencias y de las expectativas referentes a la realidad.

Tenemos muchísimas formas en las que se manifiestan estos fenómenos.

Por un lado tenemos los más importantes “poderes” o Fenómenos de percepción extrasensorial como: precognición, que es la propiedad de la mente humana de prever y presentir el futuro, simulcognición que son poderes paranormales simultáneos como: telepatía, clarividencia, telestesia, xenoglosia o clariaudiencia y por último la retrocognición que es el poder que consiste en conocer directamente un acontecimiento del pasado.

También hay muchos otros fenómenos dentro de este universo como: Fantasmas, combustión espontánea, monstruos, abducciones, casas embrujadas, imágenes que lloran, estigmas, imágenes en objetos, orbs, etc.

Los representantes de estos “poderes paranormales” ha existido por montones: San Pío de Pietrelcina quien realizaba supuestas curaciones mágicas, Gerard Crosiet conocido como el “radar humano”, los famosos clarividentes como Stefan Ossowiecki o el holandés Peter Hurkos que fueron famosos por aparentemente dar pistas con los que la policía resolvía casos.

Eso sin olvidarnos de celebres personajes como Uri Geller el famoso “doblador de cucharas” y en la actualidad los médiums como Jhon Edward, Sylvia Browne o James James Van Praagh.

En el Perú también tenemos una variopinta oferta de videntes, médiums, sanadores, rumpólogos, etc.; pero al igual que en todos los casos mencionados, bajo el análisis del ojo escéptico han quedado al descubierto por parte de grupos dedicados a investigar las afirmaciones de poderes paranormales como el Committee for the Scientific Investigation of Claims of the Paranormal (CSICOP), la Asociación para el Avance del Pensamiento Crítico (ARP-SAPC), Círculo Escéptico en España, y la Asociación Escéptica de Chile (AECH).

En nuestro país desde hace ya varios años venimos trabajando también en ésta línea con los programas radiales: ESCEPTICOS EN LA RADIO y PARANORMALES DE LA NOCHE a través de los cuales hemos investigado estos temas. También hemos invitado a personajes que afirman tener habilidades paranormales, siendo los resultados igualmente contundentes: bajo condiciones controladas no han podido replicar sus supuestas habilidades.

La bibliografía que explica de manera racional estos fenómenos es abundante y la ciencia cada vez va descubriendo y encontrando explicaciones que van dejando poco espacio para la superstición.

En la Sociedad Secular y Humanista del Perú apostamos por el conocimiento científico y la educación como base para hacer frente a la superstición que, como vemos en los noticieros, va más allá de ser una simple creencia porque en muchos casos también resulta también ser un gran negocio para estafadores que afectan la salud emocional, económica y física de las personas.

La SSH, igual que toda organización humanista, rechaza cualquier forma de racismo y suscribe plenamente lo expresado en el manifiesto humanista 2000: “Los individuos no deberían ser discriminados negativamente a causa de su raza, origen étnico, nacionalidad, cultura, casta, clase, creencias, género u orientación sexual. Necesitamos desarrollar una nueva forma de identidad humana– la de ser miembros de una comunidad planetaria. Esta identidad debe tener prioridad sobre todas las demás identificaciones y servir como base para erradicar la discriminación. Los odios raciales, nacionales o étnicos son inmorales. Todos los individuos son miembros de la misma especia humana y como tales deberían tener el derecho de gozar de todos los privilegios y oportunidades alcanzables.”

La supuesta existencia de razas en la especie humana ha sido y sigue siendo excusa para la promoción de diversas ideologías y acciones violentas, como la esclavitud, el nazismo, el etnocentrismo, los crímenes de apartheit, los sistemas de castas y la xenofobia.  

Aunque el uso de la palabra raza para describir a grupos humanos es considerado en general inapropiado – pues no se han encontrado diferencias genéticas mayores entre dichos grupos que entre distintos individuos pertenecientes a cada grupo, además de que la clasificación taxonómica humana llega para algunos autores solo hasta subespecie (Homo sapiens sapiens) y para otros no es siquiera correcto hablar de subespecie humana – algunas personas podrían utilizar raza para referirse a grupos de personas que compartan ciertas características en su aspecto, por provenir ellos o sus ancestros de una determinada región geográfica. Indistintamente de que el término sea adecuado o no, o de que se use la palabra etnia –o cualquier otra– en su reemplazo, nada justifica la discriminación negativa ni la violencia que resulta de esta.

Consideramos que es responsabilidad de todos recordar los crímenes que han sido capaces de cometer las personas en la historia basadas en alguna forma de racismo, y hacer evidentes los que se siguen cometiendo, pues la desaparición de este rezago de nuestro pasado salvaje es indispensable para el florecimiento de la humanidad. 

El ser humano tiene el cerebro más desarrollado de todas las especies que pueblan la tierra. A lo largo de miles de años de evolución, nuestro cerebro se ha ido adaptando al entorno y ha ido sobreviviendo hasta hacerse eficiente controlando una serie de mecanismos, algunos de ellos de modo inconsciente (respiración, digestión y muchos procesos fisiológicos) y otros de manera consciente (razonamiento).


Gracias al razonamiento hemos logrado avances espectaculares como especie, somos capaces de surcar los aires, las profundidades del mar, el interior del organismo y crear herramientas que potencian nuestras capacidades a extremos increíbles. Sin embargo no todo fue siempre así y, en aras de la supervivencia, el ser humano tuvo que llegar a un delicado equilibrio entre razonar con profundidad (y ser devorado por el predador mientras pensábamos en la mejor estrategia para enfrentarlo) o hacerlo con rapidez casi automática (y asustarse en vano con la sombra de un amigo pensando que representa un peligro).

La cantidad de información que hay que procesar es demasiada y el cerebro se adaptó a usar atajos. Por eso tenemos la tendencia a encontrarle formas familiares a las cosas, rostros en árboles, aves en nubes, corazones en piedras, imágenes en manchas, etc. Este fenómeno (pareidolia) nos permite asociar las cosas con patrones familiares de fácil recordación. Lo mismo sucede con las relaciones causa-efecto: si cada vez que escuchamos un rugido cercano asumimos que hay peligro, simplemente huiremos o nos pondremos a buen resguardo la próxima vez que escuchemos uno, casi sin pensarlo. Pero esas asociaciones causa-efecto no son siempre correctas. Y lo eran menos antes, cuando el desconocimiento era mayor. Ganar una batalla después de que había habido un eclipse de luna, posiblemente causó que el próximo eclipse enardeciese los ánimos victoriosos. Si la muerte particular de un toro había antecedido a una hambruna o a una peste, futuras muertes de toros podrían causar temores de nuevas hambrunas o pestes.

Sin ir muy lejos, en la actualidad hay quienes usan collares o camisetas especiales en los deportes, porque alguna vez ganaron una competencia cuando usaban unos u otros. O quienes repiten ciertos actos rituales antes de alguna actividad, porque les traerá suerte. O evitarán gatos negros. O llevarán amuletos. La lista es infinita.

¿Y cuál es el común denominador? Que todas son creencias falsas basadas en interpretaciones erróneas de los fenómenos de causa-efecto.

A estas falsas creencias se les llama SUPERSTICIONES. Se extienden universalmente y cada cultura tiene las suyas. Y son persistentes, a pesar de que se demuestre una y otra vez que no tienen base alguna. Y lo son porque forman parte del acervo evolutivo que nos trajo hasta donde estamos ahora. Cada vez que se toma una decisión basada en una superstición, se afecta el pensamiento correcto y analítico, indispensable para optimizar los resultados y para analizar y corregir las fallas cuando los resultados no son los deseados. Si el resultado de una decisión basada en la superstición es poco relevante para una o más personas, su base supersticiosa podrá pasar desapercibida, pero la cuando relevancia de estas decisiones es mayor, se debe estar más atento a los sesgos y pensar de manera más profunda y racional. 

Por eso, en la medida que algunas supersticiones afecten el normal desenvolvimiento de una sociedad (jefes de estado que se asesoran con adivinos, ministros que se guían por los astros, personajes que manipulan a la gente con creencias descabelladas), es deber de todo humanista luchar contra ellas, difundiendo sus inexactitudes y todos los riesgos que su práctica conlleva.

Nuestra postura hacia este tema es la misma que tiene la psicología y psiquiatría modernas, y para llegar a ella usamos el razonamiento, la experiencia humana y la lógica. La identidad no cisgénero es una condición humana poco común, pero sin ninguna connotación negativa, y es innata en la gran mayoría de los casos. La persona es primordialmente su mente, y por lo tanto, ante una condición en que la mente pertenece a un género distinto que el cuerpo, es el cuerpo el que se debe adaptar, no la mente. Creemos que el género está en el cerebro, y que una persona es su mente, no sus genitales.

Por estas razones, creemos que las personas transgénero, y sus relaciones, deben ser aceptadas y tratadas con el mismo respeto y la misma igualdad con las que se tratan a las demás. Sostenemos que la identidad de género difícilmente se puede cambiar (la represión no representa cambio), y por lo tanto que la idea de la ‘promoción’ de la transexualidad es una falacia.

Creemos que se debe ampliar y mejorar las leyes antidiscriminatorias por identidad de género. Sólo algunos distritos cuentan con dichas ordenanzas. Sostenemos que las personas transgénero deben ser aceptadas en todos los ámbitos de la vida y la economía, y por lo tanto se debe prohibir la discriminación a estas personas en el trabajo. Creemos también que las personas transgénero deben tener el derecho de cambiar su identidad oficial si se cumplen ciertos requisitos que serían materia de debate. Esto les daría también la posibilidad de acceder al matrimonio civil con personas de su sexo de nacimiento.

También abogamos por la necesidad de que el Congreso pase cuanto antes una ley de crímenes de odio que incremente las penas si el motivo de la agresión fue únicamente la condición humana de la víctima, entre éstas la identidad de género. Un crimen de odio es un ataque a toda una comunidad, no sólo a la víctima, pues se busca aterrorizar a los miembros de dicha comunidad. Es prácticamente un acto de terrorismo.

Aunque aún no podemos saber si estamos solos en el universo o no, y la vida en otras regiones del sistema solar parece poco probable, la búsqueda de planetas con condiciones similares –o superiores– en otros sistemas, podría indicarnos el camino para encontrar planetas con una biósfera similar a la terrestre, en la que existan microorganismos capaces de modificar la atmósfera, y que den lugar a formas más complejas de vida (incluso más complejas que la vida humana).

La difícil búsqueda de vida extraterrestre nos ha permitido comprender la naturaleza inhóspita del universo: prácticamente en cualquier región del universo observable, la vida como la conocemos sería inviable para nosotros por las condiciones extremas de temperatura, gravedad y radiación. Esta es una observación que contradice la afirmación creacionista de que el universo fue creado especialmente para la existencia de la vida humana.

A la luz de estas observaciones, la vida tal como la conocemos es consecuencia de la evolución de la materia en las condiciones específicas de lo que los astrónomos llaman “zona ricitos de oro”, es decir, regiones del universo con condiciones similares a las de la Tierra. Aunque algunas personas proponen la hipótesis de la panspermia (que afirma que la vida podría permear el universo y que podría haber llegado en uno o más objetos que colisionaron con la Tierra), los proponentes de esta hipótesis no han logrado aún conseguir evidencia empírica a su favor.

El entendimiento de la evolución de la materia inerte como la abiogénesis y la evolución de los seres vivos nos muestra que el menor cambio en las condiciones ambientales, especialmente en etapas más tempranas de la evolución, resulta en formas de vida sumamente distintas. No podríamos esperar encontrar dos seres complejos similares en regiones que estuvieran aisladas desde el período Ediacárico (645 a 542 millones de años de antigüedad) y mucho más improbable sería encontrar, por lo tanto, seres similares provenientes de distintos sistemas estelares. Por este motivo, las afirmaciones de seres antropomórficos provenientes de otros planetas pertenecen al folclor, creencias, miedos y deseos de algunas personas, pero no tienen sentido a la luz de nuestros conocimientos actuales.

La SSH sostiene que la existencia de vida en otras regiones del universo es posible, aunque su búsqueda es una tarea científica que difiere mucho de las pretensiones ufológicas o místicas de encuentros con seres cuasidivinos que buscan contactarse con nosotros para enviarnos un mensaje mesiánico. Además, en el caso de haber otras civilizaciones o formas de vida inteligentes, el tamaño del universo hace muy difícil que podamos alguna vez entrar en contacto con ellas.