Colaboradores y corredactores del proyecto de ley de Unión Civil
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En su desesperación por una realidad que le toca la puerta, el cardenal Cipriani volvió a despotricar contra la comunidad LGBT a raíz de la legalización del matrimonio igualitario en los EUA. Pero esta vez se deschavó y lo hizo con las expresiones más vergonzosas que se haya escuchado de un príncipe de la Iglesia en décadas.

Primero, repite el mantra absurdo de que se quiere destruir el matrimonio tradicional y la familia, algo que hasta ahora nadie ha podido respaldar con evidencia o algún argumento lógico. Luego, en su afán de tildar a los homosexuales de inmorales, usa el burdo cliché de los “bacanales romanos”, que nada tienen que ver con la realidad de parejas sanas y estables que quieren formalizar sus relaciones. En realidad, la Iglesia sería más consistente con sus propias enseñanzas si en vez de insultar, felicitara a las parejas que con tanta energía se quieren unir a una institución que celebra la estabilidad, el compromiso y la monogamia.

Cuando creíamos que el cardenal ya no podía ir más bajo desde que tildó a los derechos humanos de “cojudez”, nos vuelve a sorprender al comparar el matrimonio igualitario con el holocausto. Antes de soltar ese veneno ha debido pensar que los homosexuales fueron también víctimas del nazismo, los campos de concentración y las cámaras de gas. Y olvida Cipriani que el holocausto y el antisemitismo presente en la Europa de los años 30 fue el resultado de casi 2000 años de discriminación y persecución cristiana contra los judíos, y que su iglesia es la principal responsable de aquellos episodios vergonzosos.

Pero el cardenal nos tenía guardado lo mejor para el final, cuando de pronto saca una analogía entre el matrimonio igualitario y los ataques de terroristas islámicos. Parece ignorar que la motivación principal del EI (ISIS) para perseguir gays y arrojarlos desde azoteas es la misma que lo motiva a él a decir todas estas cosas: el prejuicio religioso contra los homosexuales y todo aquel que piense o actúe distinto al ideal de sociedad que quisieran imponer. En este sentido, es él quien se está comenzando a parecer cada vez más al EI.

Y es que, ¿realmente está comparando a parejas que se quieren casar con gente que se dedica a ametrallar turistas en las playas, esclavizar mujeres y reventar bombas en los mercados? ¿Queremos de guía moral y espiritual a una persona que denigra e incita al odio contra una comunidad minoritaria comparándolos con terroristas islámicos y nazis, con el objetivo de meterle miedo a la población? ¿No está pensando en cómo se van a sentir los miles de adolescentes gays y lesbianas que lo han escuchado?

Lo inmoral es que el más alto representante de la Iglesia en el Perú se exprese así de un grupo de personas que lo único que quiere es vivir en paz, sin ser discriminada. Es inmoral el maltratar, vejar y discriminar a una comunidad no porque haya cometido algún crimen o porque se componga de malas personas, sino únicamente por la naturaleza de sus relaciones personales, por cómo y a quién aman.

El cardenal intenta perpetuar una deplorable ideología tribal de “nosotros vs. ellos”, victimizándose e inventando una amenaza que no existe. Se pone como “defensor de la familia”, satanizando y pintando a la comunidad homosexual como el enemigo, para que de esta forma su iglesia vuelva a cobrar la relevancia que está perdiendo. Es grato que, finalmente, esta forma de pensar esté siendo confinada al basurero de la historia. Pero si la Iglesia quiere ser un referente moral en el país, pues que se comporte y empiece a actual como tal.

 

Lima, 30 de junio de 2015

Helmut Kessel

Presidente de la Sociedad Secular Humanista del Perú